Mi primer recuerdo

febrero 16, 2010

Este ejercicio se antoja complicado pues nunca he tenido buena memoria. Los recuerdos siempre son borrosos, como en un sueño y te tienes que concentrar para que dejen de ser meras imágenes. Si ponerles fecha ya resulta difícil, no digamos atribuirles la condición de ‘primero’. Algunas veces me pregunto si mis recuerdos no están en cierto modo prostituidos por los enigmáticos guiones de la industria de Hollywood que deambulan por mi cabeza. Sea como sea, acaba de llamar uno a mi puerta y no puedo permitirme el lujo de dejarlo en la calle.

-Mamá, no quiero ir al colegio.

-Como no vas a ir al colegio. Tienes que ir para aprender.

-Yo no quiero aprender, quiero quedarme contigo.

-Tranquilo, que solo serán unas horas, tienes que ir, todos los niños van.

-Ya pero no quiero ir. Me da igual lo que hagan los demás.

– Tienes que ir, no te pongas pesado. Seguro que en un rato se te pasa y empiezas a jugar con los compañeros.

-Pero yo quiero quedarme en casa, ¿por qué no volvemos?, por favor, seré bueno  pero no me hagas ir, por favor.

-¿Y qué te crees, que tu padre cuando no quiere ir al trabajo se queda en casa? No señor, tu padre se levanta todos los días para ir a trabajar porque tiene que hacerlo. Y va. Y tú, algún día tendrás responsabilidades que deberás cumplir.

-Pero solo hoy, solo hoy, mañana voy….

-Ya estamos llegando, no me hagas llamar a tu padre.

Esa última frase solía callarlo pero el chiquillo siguió insistiendo sin parar durante todo el trayecto. Hacía tres años que había comenzado la escuela y la vuelta al cole nunca le había supuesto semejante sacrificio. Los primeros días no se trabajaba mucho y el rencuentro con los amigos siempre era divertido. Aun así, la idea de alejarse de su madre se volvió aterradora y una sensación de malestar  le empezó a trepar desde el estómago hasta la garganta.

Las súplicas del niño no surtieron efecto y aunque Alejandro confiaba en un último milagro, en el fondo sabía lo que le esperaba. Fuera del coche, nada había cambiado. Observaba, con ojos vidriosos, el mismo maldito paisaje que el año pasado. El mismo atasco, con los mismos coches con el mismo vaho saliendo de las mismas alcantarillas.

-Ale, ya hemos llegado- la mamá paró el coche, salió y abrió la puerta del copiloto donde Alejandro esperaba desafiante-. No me obligues a sacarte ¡Sal ahora mismo del coche!

-No quiero, no quiero ¿por qué? ¡¡¡¡No!!!!- gritó, al tiempo que rompía a llorar.

La mamá ya se estaba cansando del numerito y no sabía si meterle un bofetón a su hijo o si llevárselo a casa de vuelta. Al final, ni blanco ni negro,  cogió al crío del brazo y se lo llevó a regañadientes cuesta arriba en dirección al colegio. Alejandro berreaba como un loco, tenía la cara tan roja que parecía que iba a explotar mientras su madre le arrastraba hacia el patio donde debía formar la fila con los demás compañeros de su clase. Llegó al lugar y los demás niños comenzaron a mirarle pero eso a él le daba igual.

-Muy bien, quédate aquí y no te preocupes. Volveré a buscarte a las 4, te lo prometo.

El niño no paraba de llorar mientras la profesora lo cogía del hombro.

No se preocupe, suelen volver así de las vacaciones, nosotros cuidaremos de él- le dijo a la mamá.

Al cabo de unos segundos, el niño salió corriendo como un rayo en dirección a su madre. Ésta lo cogió de nuevo y lo llevó a la fila donde la maestra lo agarró menos confiada.

La mamaíta se alejaba de él, esta vez sí, para siempre, cuando  de repente sintió una mano suave y tierna en la suya. Volvió la cabeza y vio que se trataba de una niña rubia y bonita, aunque le faltaba algún diente.

-Me llamo Laura ¿por qué lloras?

-Por nada.


Los Molinos

marzo 31, 2009

Era Martes y como siempre decidí ir a hacer las tareas del día. Fui a la seguridad social, a buscar mi número para poder trabajar. Me pregunté para qué servía ese dichoso número en realidad. También se lo pregunté a la oficinista aunque su respuesta no fue nada convincente.

-Sirve para poder trabajar, son cosas administrativas- dijo.

Fui a empresas de trabajo como work-out events y a man power cuando me llamó Jorge para ir a la sierra de Madrid a acompañar a Emilio, a robarle a su vecino de finca, los pilotos de un viejo Land Rover.

-Si es que tengo uno igual en el pueblo y los malditos pilotos cuestan una pasta- . Me pregunté por qué un trozo de plástico costaba tanto.

No íbamos a ir a la sierra solo a eso. Cuando llegué a Aravaca ya me estaban esperando con las bicis en el todoterreno, Jorge con un hierbas en la boca incluido. Monté la mía y nos fuimos. Solo el hecho del viaje ya provocaba risas.

-He dicho que no fuméis en el coche! Que luego lo conduce mi vieja- decía Emilio.

Llegamos a Guadarrama y paramos a comprar unos buenos bocadillos de chapata de pueblo.

-Un poco de jamón serrano, queso y un tomatito señora que tenemos que crecer, jajaj-

Cuando salimos esperamos a que viniese Emilio ya que no llevábamos móvil encima ninguno de los dos. Al cabo de un cuarto de hora vemos a Emilio que llega sofocado.

-De dónde vienes?- le pregunté

-Pues que no os he visto y me ido al cuartel- dijo Emilio

-Anda!!!!-

-Que sí coño, que me he pensado que os habíais hecho un porro y que os habían detenido los civiles-

-JAJAJAJA, no jodas-

Partimos hacia Los Molinos, donde tenía Emilio su finca. Nos preparamos, sacamos las bicis del carro y en seguida empezamos a pedalear. Vaya bajaditas… No teníamos ni idea de lo que nos esperaba luego. Subimos cuestas de arena y piedra, de barro seco, bajábamos cuestas con grietas y piedras. Era más valor que otra cosa, luego le cogías el truco, te soltabas, en definitiva, ibas aprendiendo. Subimos en bici todo lo que pudimos y en seguida me di cuenta de que llegar hasta la cima andando iba a ser muy complicado. Aun así yo seguía empeñado en esconder las bicis y llegar a la cumbre. Mis ganas se desvanecieron cuando cargamos las bicis durante 20 minutos de subida. No habíamos llegado ni a la mitad.

-Mira como sube el cabrón de Emilio, si parece que está andando por el pasillo de su casa-

-Jajaja- reíamos entre jadeo y jadeo.

Cuando llegamos a la pista situada un poco por encima de la mitad de la montaña decidimos pararnos a comer sobre una roca. Sacamos los bocatas y los biofrutas y empezamos a comer como fieras. Como estaba el bocata de chapata de la señora de Guadarrama.

-Madre mía!-

Mientras, divisaba el esplendido paisaje. Se veía el principio de la sierra de Madrid a la izquierda. Picos no muy altos pero igualmente hermosos. En el valle, todas las casas. Se podía distinguir cada pueblo. Al menos, eso hacía Emilio. Al final, detrás de unas colinas que anteriormente tapaban la vista se veía Madrid. Sólo se distinguían bien Las Cuatro Torres. Si te fijabas conseguías distinguir la Torre Picasso y Las Torres Quío.

Madrid se veía tan pequeño. Igual de pequeño como tú cuando estás dentro de la ciudad. Esa sensación de inmensidad a la que no te atreves a poner límites y a veces te intenta absorber…Esa misma sensación había desaparecido totalmente. Había sido sustituida por una paz interior infinitamente superior. Una sensación de libertad acrecentada todavía más por la velocidad y el aire puro. Las calles eran pistas y no había nadie, los pisos eran arboles y las personas eran animales. En ese momento pisé la ciudad.

-Mira la ciudad desde aquí. A veces no sales de ella en un mes y te quedas aplatanado sin saber lo que te pierdes- Dije

-Aquí no hay ninguna gana de volver, yo me podría comprar una casita y vivir aquí tranquilamente-Dijo Jorge

-jajajaj-

Nos terminamos los bocatas, no echamos un cigarrito y a la pista otra vez. Al principio daba mucha pereza pero en seguida le vas cogiendo el gustillo de nuevo. Empezamos la bajada, tremenda bajada. Esta si que estaba rica pero descendimos sin ninguna preocupación. Sin ningún temor a abrirnos la cabeza. Éramos más veloces que el viento, cuando botábamos vencíamos a la gravedad por un instante. Tardamos en bajar diez minutos lo que nos había costado subir dos horas. Jorge llegó primero…Se notaba quien había liado el Original Haze ahí arriba.

-Madre mía!!! – dijo, y le poseyó la locura durante dos segundos. –Casi me mato-

-Ha estado guapísimo pero la próxima vez tenemos que llevar casco, vas mucho más confiado-Le dije

Seguimos hasta el coche y a Jorge se le pinchó la rueda trasera…Menos mal que no había ocurrido durante la bajada. El espíritu santo nos había ayudado un poquito, aunque no le correspondiésemos. Al llegar al choche nos tiramos al césped y descansamos durante un rato.

-Emilio, macho, relájate!-

-Tú serás de los que se van luego a la cama directos después de cenar, no? –Le dije yo también.

Cuando volvió de su paseo fuimos en su todoterreno a ver si su vecino se había ido ya. No vimos moros en la costa, saltamos la valla de piedra y empezamos a desatornillar los pilotos intermitentes. De pronto, bajaron los caballos del ganadero acompañados de un par de cabras. Parecían confabulados para echar a los intrusos de la finca. Tras unos gritos se quedaron a cierta distancia curioseando que hacíamos con el Land Rover antiguo de su amo. Después, probamos con los faros…

-Esto de puta madre, que así tengo repuestos- decía Emilio entre risas.

Sin embargo los tornillos estaban demasiado oxidados y tras oír un par de ruidos y los ladridos de un perro decidimos abandonar.

Nos montamos en su todoterreno y tiramos para Madrid. En Guadarrama paramos a tomarnos la caña de la victoria.

-Menudo día en la sierra ehh. Ha sido la hostia.-

Nos bebimos un par de cañas entre risas y bajamos a Madrid. La ciudad se iba acercando cada vez más. La sensación de libertad iba disminuyendo y las tareas del día siguiente iban apareciendo. Levemente, pero así era. Nuestra velocidad espiritual era sustituida por la de una caja verde con ruedas y paulatinamente ibas sintiendo como se estrechaba tu mundo, el mundo.

-Esto hay que repetirlo chavales.-

En seguida me sumergí en mi pensamiento mientras una leve modorra se apoderaba de mí.

-Por qué tienen más valor las cosas materiales en nuestra sociedad que las espirituales? Por qué están todos apelotonados mirando al televisor? Para que servirá ese dichoso número?-pensé.