Mi primer recuerdo

Este ejercicio se antoja complicado pues nunca he tenido buena memoria. Los recuerdos siempre son borrosos, como en un sueño y te tienes que concentrar para que dejen de ser meras imágenes. Si ponerles fecha ya resulta difícil, no digamos atribuirles la condición de ‘primero’. Algunas veces me pregunto si mis recuerdos no están en cierto modo prostituidos por los enigmáticos guiones de la industria de Hollywood que deambulan por mi cabeza. Sea como sea, acaba de llamar uno a mi puerta y no puedo permitirme el lujo de dejarlo en la calle.

-Mamá, no quiero ir al colegio.

-Como no vas a ir al colegio. Tienes que ir para aprender.

-Yo no quiero aprender, quiero quedarme contigo.

-Tranquilo, que solo serán unas horas, tienes que ir, todos los niños van.

-Ya pero no quiero ir. Me da igual lo que hagan los demás.

– Tienes que ir, no te pongas pesado. Seguro que en un rato se te pasa y empiezas a jugar con los compañeros.

-Pero yo quiero quedarme en casa, ¿por qué no volvemos?, por favor, seré bueno  pero no me hagas ir, por favor.

-¿Y qué te crees, que tu padre cuando no quiere ir al trabajo se queda en casa? No señor, tu padre se levanta todos los días para ir a trabajar porque tiene que hacerlo. Y va. Y tú, algún día tendrás responsabilidades que deberás cumplir.

-Pero solo hoy, solo hoy, mañana voy….

-Ya estamos llegando, no me hagas llamar a tu padre.

Esa última frase solía callarlo pero el chiquillo siguió insistiendo sin parar durante todo el trayecto. Hacía tres años que había comenzado la escuela y la vuelta al cole nunca le había supuesto semejante sacrificio. Los primeros días no se trabajaba mucho y el rencuentro con los amigos siempre era divertido. Aun así, la idea de alejarse de su madre se volvió aterradora y una sensación de malestar  le empezó a trepar desde el estómago hasta la garganta.

Las súplicas del niño no surtieron efecto y aunque Alejandro confiaba en un último milagro, en el fondo sabía lo que le esperaba. Fuera del coche, nada había cambiado. Observaba, con ojos vidriosos, el mismo maldito paisaje que el año pasado. El mismo atasco, con los mismos coches con el mismo vaho saliendo de las mismas alcantarillas.

-Ale, ya hemos llegado- la mamá paró el coche, salió y abrió la puerta del copiloto donde Alejandro esperaba desafiante-. No me obligues a sacarte ¡Sal ahora mismo del coche!

-No quiero, no quiero ¿por qué? ¡¡¡¡No!!!!- gritó, al tiempo que rompía a llorar.

La mamá ya se estaba cansando del numerito y no sabía si meterle un bofetón a su hijo o si llevárselo a casa de vuelta. Al final, ni blanco ni negro,  cogió al crío del brazo y se lo llevó a regañadientes cuesta arriba en dirección al colegio. Alejandro berreaba como un loco, tenía la cara tan roja que parecía que iba a explotar mientras su madre le arrastraba hacia el patio donde debía formar la fila con los demás compañeros de su clase. Llegó al lugar y los demás niños comenzaron a mirarle pero eso a él le daba igual.

-Muy bien, quédate aquí y no te preocupes. Volveré a buscarte a las 4, te lo prometo.

El niño no paraba de llorar mientras la profesora lo cogía del hombro.

No se preocupe, suelen volver así de las vacaciones, nosotros cuidaremos de él- le dijo a la mamá.

Al cabo de unos segundos, el niño salió corriendo como un rayo en dirección a su madre. Ésta lo cogió de nuevo y lo llevó a la fila donde la maestra lo agarró menos confiada.

La mamaíta se alejaba de él, esta vez sí, para siempre, cuando  de repente sintió una mano suave y tierna en la suya. Volvió la cabeza y vio que se trataba de una niña rubia y bonita, aunque le faltaba algún diente.

-Me llamo Laura ¿por qué lloras?

-Por nada.

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